Cueto Agudo

Hay una montaña que rondaba mucho mis pensamientos los últimos años, no es una montaña muy alta, ni está de moda, ni es famosa, es una montaña que a menudo me sorprendo imaginándome escalándola por sus paredes que caen hacia el Cares y hacia el Monte Corona, esta montaña muestra todo su esplendor cuando la miras desde Cordiñanes, o bajando por la Canal de Capozo, o cuando cruzas la Horcada de Pambuches y miras hacia abajo… Pero además es una montaña, y raro es que no me guste una, por si fuera poco, esta la veo cada vez que salgo de casa y alzo la vista hacia la Canal de Mesones a ver como se presenta el día. Y por eso está es una montaña especial para mí, primero por su historia y lo que representa, o representó, para muchos cainejos que se criaron allí, en la majada de Cardeda, hoy derruida; también es especial porque hoy en día casi nadie sube allí y los lugares poco pisados siempre me atraen pues aseguran aventuras y aprendizajes, es una cumbre solitaria donde me gusta imaginarme sentado.

Si bien vista desde Caín no parece gran cosa, un breve pico que no destaca demasiado con sus 1580 metros aproximados del que bajan verdes prados hacia el monte Cardeda, por eso no llama mucho la atención ya que por encima se encuentra el Cueto de los Cabritos, Peña Santa, Piedra Lengua, Peña Blanca… Pero en mi sueño de conocer todos los rincones, caminos y cumbres que me voy encontrando está muy presente, y por fin llegó el día que decidí subir para allá…

Yo sé que en Picos ninguna actividad puede tomarse a la ligera, parece fácil, pero como siempre tengo dudas de si seré capaz de subir, de dar con el camino adecuado, de si se meterá la niebla, de si tendré las fuerzas necesarias… Pero esas dudas hacen que me motive más aún, me gusta la incertidumbre y cuando me encuentro un camino muy pisado y con marcas, al principio siempre me decepciona un poco, pues la aventura es menos aventura.

Empiezo lento pues la subida hacia Caín de Arriba ya pone a cualquiera en su sitio, en el Sedo ya me empieza a dar el sol y hoy va a pegar bien, ayer empezó el verano.

He subido y bajado unas cuantas veces la Canal de Mesones y tengo más o menos claro por donde acometer la subida. Cruzando Caín de Arriba me encuentro al incansable Huberto, que conoce bastante la zona, pues antes subían allí las cabras, le comento mi plan y le pregunto, dice que hace unos cuantos años que no va por allí y el camino se ha perdido, pero una sonrisa le ilumina el rostro, como si tuviera buenos recuerdos de allí… Asegura que no es fácil y me da indicaciones de donde tengo que desviarme del camino normal de Mesones, gracias a ello no la lío antes de tiempo, ya que mi idea era meterme un poco antes de donde él me había indicado.

Sigo hacia Mesones y antes del Sedo Armao encuentro un rastro de vereda que Huberto me había comentado, aunque enseguida se pierde entre las altas hierbas, ¿o no? de todas formas ya me voy dando cuenta de lo que me espera, mucha hierba y terreno muy pino, avanzar es trabajoso y no son pocas las veces que voy a dar la vuelta, para volver a darla otra vez, buscando siempre la mejor opción para seguir. He de cruzar un par de riegas donde ya tengo que usar las manos, un resbalón en esta zona no sería agradable, dudo, sigo.

En la primera sombra bajo un pequeño grupo de hayas me paro a valorar la situación, el sol me calienta el cogote, desayuno algo, cosa que aun no había hecho y el abrir la mochila se me revienta la cremallera de la mochila, lo cual me hace plantearme darme la vuelta, pero con ayuda de mi navaja y unos mosquetones solvento el problema haciendo unos agujeros a ambos lados de la cremallera y usando los mosquetones a modo de cierre, además por si acaso, para no perder nada le pongo la funda impermeable. Nota mental, la próxima mochila que me compre no será de cremallera, siempre petan por ahí…

Sigo con dudas pues el terreno no es bueno, avanzo cruzando en diagonal por lo que parece más pisado hasta adentrarme en el bosque de hayas del monte Cardeda, donde pacen unos rebecos. Entre los árboles el camino se vuelve algo más fácil, aunque rápidamente se va esa sensación y he de volver a usar las manos para seguir subiendo. Dejando atrás el bosque me dirijo hacia arriba directamente por una especie de canal de hierba, pues unas paredes cortan el paso para seguir en diagonal hacia mi destino, aunque en ocasiones me ayudo de ellas para progresar mejor que por la hierba, mojada en este tramo. Llego a un collado entre crestas de roca por las que progreso a ratos, este tramo quizá sea el más pino y complicado y sé que luego me va a costar bajar por aquí, voy siguiendo el instinto buscando la mejor opción, dudando de si iré bien. Tras superar algunos resaltes de rocas y hierba, llego a un segundo collado desde donde al fin veo el Cueto Agudo, que a priori parecía más cercano.

Frente a mí encuentro idílicos prados cubiertos de miles de flores donde las abejas y otros insectos encuentran su paraíso, o algo parecido a él. El camino se vuelve mucho más evidente y cómodo cruzando dichos prados con vistas hacia los Urrielles, disfruto, estoy cerca. Mientras me acerco unos rebecos asustados de mi presencia se lanzan hacia el abismo como si fuesen a desplegar las alas y los pierdo de vista.

Cuando creía llegar a la cumbre me doy cuenta de que de ella aún me separa un resalte de roca y hierba de II grado más o menos que solvento sin problemas.

Las vistas hacia el Monte Corona son impresionantes, busco los lugares desde donde he admirado en no pocas ocasiones esta cumbre, Moeño se muestra gigantesca ante mí. Estoy feliz de estar aquí arriba, además durante la subida las dudas que traía se habían incrementado y no apostaba mucho por llegar hasta aquí, pero aquí estoy, he cumplido un sueño que me venía persiguiendo desde hacía unos años, pero aún no me relajo, solo he hecho la mitad, bajar va a ser tan trabajoso o más que la subida y lo sé, intento alargar un poco ese momento. En la cumbre me paro a comer, y con el estómago y el alma llena, me voy para abajo con el sol apretando muchísimo, incluso me empieza a doler la cabeza de la insolación que me está dando. La bajada no es fácil y ya lo sabía, aunque parece que encuentro mejor el camino que a la subida, este se pierde de nuevo y tengo que dar un par de vueltas por el miedo a irme para abajo, el terreno es muy vertical y la mayoría de veces no hay donde agarrarme, el culo pegado al suelo se vuelve una buena opción.

Tras una dura batalla me voy acercando al camino de Mesones y voy respirando más tranquilo. De ahí a casa ya no es nada, estoy feliz. En la fuente del Cuciao paro y me refresco, pues poco antes de llegar al camino de Mesones se me terminó el agua, un litro y medio que subía.

Pero un poco más abajo el camino aun me depara alguna sorpresa, que no es otra que encontrarme con Tonín, Toño Gao, cargando paja y llevándola a la espalda, hasta su cuadra en Caín de arriba, unos 100 metros más allá. Me pareció un momento único y pude aprovechar a hacerle unas fotos sin darle posibilidad de esconderse, son las 3 de la tarde y hace mucho calor, está chalao. A veces me parece de que aquí vivimos en otro tiempo, otra época, otra realidad distinta a la del resto, los Cainejos tienen algo de mágico.

En Caín de Arriba además me encuentro con Huberto de nuevo que me pregunta si subí, a lo que asentí y le dije que no me pareció nada fácil, y pensar que ellos subían con la cabras me deja atónito, él me asegura que cogí bien el camino, ya que me estuvo mirando con los prismáticos hasta que dejó de verme entre el bosque, y yo me voy para abajo y los dejo en Caín de arriba, con vecinos así uno se vuelve más contento aun si cabe para casa.

Y llego a casa tras unas 6 horas de ruta que me ha costado lo suyo, muy psicológica, puro instinto y mucho estres, no se la recomendaría a nadie que no este obsesionado por subir allí como yo lo estaba, tengo el track por si alguien lo necesitase, pero no lo voy a publicar para evitar malentendidos, si alguien lo quiere que me lo pida.

Ahora miro hacia allá de otra forma, sé cómo es, le conozco un poquito más, nos hemos visto de cerca, nos hemos sentado juntos y hemos compartido un rato de soledad silenciosa solo alterada por el viento y unas Chovas que juguetean. Estoy orgulloso de mi mismo por haber subido (y bajado), por conocer un poco mejor estos rincones tan agrestes y salvajes que rodean Caín, pero todavía faltan muchos, y yo, ya voy pensando en cuál será la próxima…

Selva Fernández, albergue de Caín, junio de 2020.

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